MIES: un cómic, dos arquitectos

Los que nos hemos formado como arquitectos hemos dibujado, muchas veces además, tanto en la Escuela como de viaje, los proyectos y las obras de los grandes arquitectos.

En las escuelas, a través de disecciones más o menos analíticas que nos permitían comprender cómo era el edificio, cuáles sus virtudes y fortalezas, para aprender cómo operan los arquitectos a la hora de enfrentarse a un proyecto; y en los viajes, apuntes rápidos del edificio en su entorno, como si se tratara de captar el instante preciso de la visita, el gozo que nos brinda la buena arquitectura a través de una postal autoeditada.

Por eso muchos arquitectos estamos recibiendo con entusiasmo la novela gráfica ‘Mies’, que narra parte de la vida y obra del arquitecto alemán Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969), uno de los arquitectos fundamentales del siglo XX. Su autor, el dibujante pamplonés Agustín Ferrer Casas es además de un fantástico dibujante, arquitecto de formación que, aunque no termina la carrera su vida profesional está permanentemente vinculada a la arquitectura. Esta mirada de arquitecto, con una visión integral de la realidad y un extraordinario uso de los recursos gráficos, es la que ha permitido a su autor explicar el personaje en toda su complejidad, sin caer en la tentación de la simplificación. La vida de Mies queda conformada a través de una narración llena de saltos en el tiempo y visiones complementarias, en donde la arquitectura adquiere la presencia precisa que va entre el telón de fondo y la sustancia inseparable al personaje.

El cómic, realizado en una edición que sorprende por su cuidado (Grafito Editorial), está prologado por Norman Foster, lo cual da una idea de la ambición con el que se ha enfocado esta biografía ficcionada. Su lectura, así como el excelente resultado del trabajo dejan un muy buen sabor de boca.

En Mies se mezclan la biografía de la persona con la del arquitecto, con encuentros y desencuentros profesionales, políticos y amorosos y todo ello gracias a los recursos que ofrece el dibujo y la narrativa, tan convenientemente utilizados por el autor. Lo interesante es que lo aplica en una biografía sobre el arquitecto cartesiano por excelencia, admirado mundialmente por su carácter implacable, su manejo indolente del orden y una obra tantas veces rigurosa e isotrópica. Pero las biografías –todos lo sabemos- están llenas de contradicciones y complejidades.

Pero como comentamos, más allá de la historia, la gran virtud de este cómic es el uso de los recursos, que son tanto temporales como, mucho más interesantes aún, espaciales.

Por un lado, en Mies se aprecia un manejo muy interesante de los tiempos narrativos. Las elipsis son constantes y en vez de mostrar la evolución lógica del arquitecto a lo largo de los años, hilvana con equilibrio los episodios más reseñables a través de saltos temporales muy bien modulados. El autor parece ser consciente de que una biografía lineal restaría interés y subrayaría una visión ortodoxa seguramente incierta.

Ayuda el hecho de que Agustín diferencia cada tiempo con fondos y tipografías diferentes, en un momento dado llegando incluso al mismísimo solapamiento temporal o, más adelante, haciendo coexistir el mismo personaje en diferentes momentos. En ambos casos, con dos de sus edificios fundamentales como principal escenario. Esto hace que la historia, insistimos, lejos de ser lineal, sea un constante ir y venir en el tiempo. De ahí que una de las máximas del arquitecto, ‘el espacio fluye’ sea uno de los leitmotiv de este libro.

La mixtión temporal también es espacial en esta obra. Si bien en las primeras páginas el autor viñetea el relato con una cierta uniformidad, poco a poco los recuadros van adquiriendo complejidad. Lejos de lo que cabría pensar si queremos retratar al arquitecto del orden por excelencia, subrayando lo que de él ya ha dicho la historiografía oficial, el autor complejiza voluntariamente esa ordenación de las viñetas, llegando a componer auténticas láminas narrativas, llenas de recuadros variables, tal y como muchas veces hacíamos en la escuela.

Y aquí sorprende el manejo extraordinario de las capacidades compositivas y espaciales del autor. Porque el relato se fragmenta y desordena para subrayar lo complejo del personaje y lo difícil que es retratar la vida y obra de alguien tan fascinante.

Mágicamente, el soporte de estas dislocaciones es la arquitectura. A veces como trasfondo de la narrativa, otras veces aprovechando las leyes de la perspectiva, que permite ubicar a los personajes en diversos escenarios a la vez, de modo que cada página doble es un espacio continuo de acontecimientos.

Por ello, la arquitectura está muy presente en esta historia porque es la que da soporte -literalmente- al relato, a través del encaje y la perspectiva.

Respecto a las obras de Mies, Agustín ha hecho algo con lo que todos los arquitectos soñamos: dar vida a la arquitectura, incluso a aquella que no tuvo la suerte de ser construida. En el libro aparece un buen repertorio de los edificios fundamentales del arquitecto, recreados con una minuciosidad científica. Pero lejos de adquirir una presencia atosigante o incluso pedante, cada referencia aparece con naturalidad. A veces ambientada en su trama urbana, con personas, tráfico y lluvia; otras veces como parte del proceso del diseño, a través de ideaciones, planos o maquetas dibujadas.

Es decir, la inclusión de sus obras se hace a través de recursos creativos, todos ellos perfectamente diseñados, fieles a una determinada lógica. Así, aparece Mies entre maquetas y planos o, lápiz en mano, trabajando en uno de sus planos más conocidos. Aparece la casa Farnsworth idealizada en la mente del arquitecto, difuminada en el paisaje antes de su construcción, como nunca antes se ha dibujado; o, mucho más real, el conjunto de Lake Shore Drive, cuya maqueta cobra vida frente a la satisfacción del arquitecto y la mirada de los paseantes. Frente a sus obras no realizadas, Agustín nos ofrece el lujo por un momento de ver construida la torre de la Friedrichstraße, si bien en este caso, curiosamente Mies pasea alejándose. Por un momento el edificio es una realidad, bendito poder, el de Agustín y bendita envidia, el del lector.

Curiosamente, la única fotografía que utiliza en el cómic es cuando aparece el collage para la propuesta de una sala de conciertos de 1942, para la que Mies utilizó una fotografía de una obra ajena, la nave industrial de Baltimore, de Albert Kahn (1937). El recurso de utilizar esta vez una fotografía intuyo que es doble:  además de explicar que se trata de un fotomontaje, se pretende señalar que el edificio no es de Mies.

Pretender explicar al público general, a la gente normal, cómo proyectaba Mies van der Rohe es harto complicado. Cuál era su operativa, cuál su evolución o sus influencias… es difícil entrar a explicarlo si no es replanteando el método narrativo. De este modo, las obras están, grosso modo, cronológicamente desordenadas y el autor comprende que un cómic no es el medio idóneo para explicar cada uno de los detalles que conforman el corpus teórico de Mies, mostrando así un inteligente pragmatismo. Esto mismo sucede con la historia que se narra, que se adereza con ficciones sugestivas que tienen la capacidad de ser verosímiles, alguna licencia en forma de cameo ‘metacómico’ totalmente permisible y un elemento simbólico en forma de córvido que aparece en los momentos más umbríos del relato.

He disfrutado su lectura desde el primer momento. Detrás hay un esfuerzo sobrehumano en poner orden a una biografía no tan lineal como cabría suponer.

Recientemente, mi colega José Ramón elaboró una lista para determinar los 20 edificios más interesantes de la arquitectura moderna, de la que se destila la lista de los arquitectos más influyentes del siglo XX. Aunque llena de sorpresas, las tres primeras posiciones de la lista la coparon Frank Llloyd Wright, y Mies van der Rohe y Le Corbusier empatados en segundo y tercer puesto. Animo, por lo tanto, a que Agustín Ferrer Casas se arme de valor para completar lo que podría ser una excelente trilogía.

Nota: las ilustraciones que he utilizado para ilustrar esta reseña son pequeñas y están voluntariamente recortadas. Si te ha suscitado interés, puedes comprar el cómic aquí.

MIES: un cómic, dos arquitectos

Sobre Titulares clickbait. Y sobre el Náutico de San Sebastián.

Desde hace unas pocas semanas he colaborado, si se puede decir colaborar a que te pidan tu opinión un par de veces y la des, en algunos artículos de Icon Design, del diario El País, relacionados con la arquitectura moderna, más en concreto con artículos que trataban el tema de la protección de la arquitectura moderna, su divulgación, nuestro patrimonio construido, a fin de cuentas. Esta última vez, porque será la última, sobre la reciente intervención del Real Club Náutico de San Sebastián.

Fantástica foto del edificio en la actualidad. Fotografía de Manuel Revilla, @ManuelRevilla57.

Los artículos llevaban un enfoque apropiado, en mi opinión. Al menos permitían trasladar al gran público una serie de cuestiones que a los arquitectos nos preocupan. Sobre todo, asuntos que tenían que ver con la importancia de proteger la buena arquitectura como se protegen los buenos monumentos de mucho tiempo atrás. Este enfoque chocaba al final del trabajo (y al comienzo del artículo) con un titular descontextualizado que buscaba a fin de cuentas que el lector hiciera clic para adentrarse en la noticia, en el fundamento de lo que se dice y expone.

El famoso clickbait. Como el de esta semana:

De esta guisa titula sus artículos Icon Design de El País.

Esta vez, en la que me pidieron opinión sobre el Real Club Náutico de San Sebastián, y su reforma reciente, el artículo ha contado en su titular con la aparición estelar del Ecce Homo. Vuelvo a decirlo, por lo general bien escrito, y desde aquí agradezco al autor su interés, aun cuando unos u otros pudíeramos tener puntos de vista diferentes sobre alguna intervención en concreto. Por ejemplo, yo no tengo del todo claro que la reforma del teatro de Sagunto sea (hoy en día) un error , pese a que en su día fuera un error y viniera acompañada de sentencia de demolición.

Matices de fondo aparte, el fundamento de esta entrada es doble:

  1. Expresar el hartazgo acerca de cómo Icon El País titula los artículos.
  2. Aprovechar el momento para explicar y divulgar el caso del Club Náutico de san Sebastián.

El artículo de Icon Design salió ayer a la noche e iba sin firma, lo cual me induce a pensar que algo ha debido de pasar en la redacción para que sea anónimo: ¿quizá mi hartazgo es compartido? Lo desconozco, no he tenido contacto con el redactor sobre esta cuestión. Y mucho menos con el jefe de redacción. Lo que sí tengo claro es que si tenemos que hacer divulgación de los valores de la arquitectura moderna a base de permitir este tipo de titulares, este no es el camino, este no es el medio adecuado. Aun teniendo un interés particular en este tema, cada día lo tengo más claro: si queremos divulgar la arquitectura moderna, de forma pedagógica, el contenido y la forma han de ir necesariamente de la mano.

Por otro lado, yo a lo mío: sobre el Náutico de San Sebastián me limito a copiar y pegar el texto que envié, escrito de una tacada y por lo tanto seguramente con errores. Una puesta en contexto y una breve explicación sobre la reciente intervención del Real Club Náutico de San Sebastián, realizado por el arquitecto José Ángel Medina Murua y que desde un primer momento, cuando saltó la polémica, defendí. Al menos en el artículo queda bien explicado (un Ecce Homo menos, y menos tonterías):

‘La ampliación del Real Club Náutico de Donostia (1928-1929) es un proyecto de los arquitectos José Manuel Aizpurúa y Joaquín Labayen, una pareja de jóvenes arquitectos que cuando hacen el edificio no llegan a los 30 años y que constituye el primer proyecto de importancia, después de pequeñas actuaciones de interiorismo previas.

Aizpurúa era un hombre inquieto, funda la Sociedad Artística Gu (de ahí que la actual discoteca lleve el mismo nombre) y tras el edificio, interesado por las vanguardias arquitectónicas, se une al GATEPAC, liderando el Grupo Norte de esta asociación de arquitectos de todo tipo de ideología.

Poco después colabora en la fundación de Falange Española (suyos son los diseños de la maquetación del diario Arriba). Este hecho ha generado mucha polémica, cuando lo cierto es que en esta época los discursos políticos de los arquitectos van por un lado, y la calidad o la admiración mutua entre colegas, por otro.

El edificio es una reforma del Real Club Náutico anterior, que básicamente consistía en un contenedor de muros de piedra, y que en origen era una pequeña piscifactoría. Son los muros inferiores del edificio actual. El elemento originario contaba ya, a modo de reclamo, con un mástil que sugería el mundo del mar. Además de una pérgola de tubos de acero y lona que cubrían el techo de esta primera instalación.

El proyecto de Aizpurúa y Labayen se apoya en el elemento originario de muros de piedra que se encalan de blanco en el proyecto y que hoy constituye la base del ‘barco’. Sobre esa base emerge el volumen limpio y blanco, y que queda rematado por la curva característica y que en aquella época debió de causar sensación.

Tan es así que el propio Le Corbusier visitará el edificio, de paso por un viaje que realiza a España, en 1930, y sugestionado por los ecos que este edificio provoca en diversas publicaciones europeas especializadas.

Aunque las obras finalizan en 1929, poco después los arquitectos llevan a cabo otra reforma que consiste en levantar sobre el volumen trasero una terraza cubierta. Esto ocurre en 1947.

Aquí, fotos de la evolución: https://www.rcnss.com/club/edificio/

SOBRE LA REFORMA:

Más adelante, el edificio, que en esencia se mantiene tal y como fue concebido, se va vistiendo de elementos ornamentales propios del lenguaje náutico: barandas de cuerdas de barco, banderines, y otra serie de elementos ligeros impropios del proyecto original, que se concibe como una máquina totalmente limpia de adornos.

Esta es la imagen que llega hasta nuestros días y que queda grabada en el imaginario colectivo, y que a veces, más que un barco atracado en el borde de la ciudad, parece más un chiringuito vestido con gran profusión de adornos.

Por motivos de pura necesidad de adecuación funcional y de accesibilidad, se acomete la reforma del Club hacia 2012, finalizando las obras en 2015. El proyecto corre a cargo de José Ángel Medina Murua, arquitecto que previamente ha realizado la tesis sobre esta pareja de arquitectos, por lo tanto es uno de los grandes conocedores de este edificio.

Aspecto actual del edificio. Desconozco el autor de la fotografía.

En esencia, se hace una puesta a punto para que el edificio pueda tener un uso acorde a los tiempos actuales. Se actualizan los espacios de la parte superior (restaurante y sala de fiestas) y de la parte inferior (instalaciones del Club para los socios: vestuarios, etc.).

La reforma causa conmoción en la ciudadanía porque la transformación exterior es considerable, de ahí que una parte importante de la ciudadanía se quejara de la actuación e incuso iniciara un movimiento a través de Change.org para reponer el edificio a su estado originario.

Pero es que precisamente lo que se hizo, entre otras cosas, fue acometer una restauración científica, actuando en el edificio para llevarlo al estado originario en todos los aspectos que fueran posibles. Se hace así porque el edificio es Bien de Interés Cultural y por lo tanto su intervención viene claramente determinada por las Leyes de Conservación del Patrimonio, por lo tanto en esta reforma existió un doble control, tanto del Ayuntamiento de San Sebastián como por la diputación Foral de Guipúzcoa. Lo que no se hizo fue una labor pedagógica y de difusión de las actuaciones, que fueron las lógicas y razonables:

  1. Se decidió mantener la gran cubierta trasera, es decir, ser fiel a la primera reforma del edificio en 1947, por dos motivos: el primero de ellos, funcional, ese recinto era necesario para que el edificio pudiera mantener el uso de sala de fiestas o discoteca. Y el segundo, tras la reforma de 1947 el edificio queda prácticamente como lo ha conocido la ciudadanía, tengo dudas de si la reforma la firma Labayen.
  2. Se decide eliminar toda decoración superflua, todos los motivos de estilo náutico que se fueron incorporando a lo largo del tiempo. En este sentido, la reforma se basa en la documentación gráfica original para eliminar todo lo que sobra (viendo los planos de alzados originales se aprecia esto). En caso de no tener información fehaciente de cómo se resuelven algunos elementos, se decide hacerlo con materiales actuales lo menos invasivos posibles. Esto ocurre con la barandilla curva de vidrio sin carpinterías: una intervención acertada porque distingue claramente lo originario de lonuevo. En otros casos, se recuperan elementos del proyecto que desaparecen desde hace tiempo, como la escalera metálica blanca.
  3. A petición probablemente del Ayuntamiento, el edificio se adapta a la Ley de Accesibilidad, por lo se incorpora una plataforma salvaescaleras en el exterior. Esto es fundamental porque a criterio de cada vez más administraciones, cualquier edificio ha de poder ser accesible aunque sea en sus espacios fundamentales. Aquí también, la intervención fue la más lógica: en vez de empotrar un ascensor oculto (lo cual hubiera sido muy destructivo e irreversible) se adosa una plataforma elevadora en el exterior. Es una actuación reversible, lo cual es un criterio fundamental. Y el otro es que el añadido se realiza con materiales claramente diferentes, para distinguir lo nuevo de lo viejo. De manera similar, se recupera la escalera que baja al denominado cuarto de bañistas pero al no tener información fehaciente de cómo era, se decide construirla en materiales actuales.

En resumen, el edificio está ahora más cerca del proyecto original y guarda fidelidad a Aizpurúa y Labayen. Como dije ante las críticas en 2015, ‘se han quitado añadidos, volvemos al barco’. Como reflexión final: ha faltado que tras las actuaciones de rehabilitación se haya hecho una apropiada divulgación del mismo porque en apariencia uno podría pensar que se han cargado el edificio. En cada caso hay que ver qué prima antes, si la estricta protección del patrimonio u otras consideraciones como el uso o la accesibilidad. Hay que tener en cuenta que sin esta actualización es muy probable que el edificio cayera en desgracia. Garantizar un uso es el primer requisito para que el edificio se pueda conservar. Y, por último, una cosa es la foto fija que el imaginario colectivo tiene sobre un edificio, y otra bien distinta, cómo es en realidad el objeto originariamente, cómo fue concebido’.

Sobre Titulares clickbait. Y sobre el Náutico de San Sebastián.

Quiosco viejo, quiosco nuevo

Aunque el tema viene de lejos, hace pocos días salió en prensa que en Barañain (Navarra) van a demoler el quiosco que se construyó en 2003 para sustituirlo por uno ‘nuevo’, de esos clásicos ovalados, en pedestal y con hierro de forja y esas cosas.

Son 37.000 euros para la demolición y vaya usted a saber cuánto más para sustituirlo por un quiosco ‘clásico similar al de Zarautz’, comentan, horror hortera, los que mandan en Barañain.

El quiosco actual, ubicado en el parque del Lago, es un edificio de los arquitectos Luis Tena y Soledad Castiella, que ganaron el concurso de ideas hacia 2001. Se eligió esta propuesta ‘por la sencillez, rotundidad y claridad formal de la propuesta, un diseño compacto de ajustada escala, que en su abstracción y transparencia puede ser un elemento perfectamente integrado en el parque’.

La caja de vidrio y metal se ubica en el centro del parque, en el cruce de los dos ejes principales. Un parque de factura convencional que este elemento rotundo dotaba de unas nuevas cualidades: un signo construido en un paisaje impersonal.

En origen alojaba un bar en la planta inferior con aseos adaptados y un local diáfano en la planta superior, con la idea de ofrecer pequeños conciertos desde lo alto mientras la gente bebía sentada (maravilla de combinación) o como terraza cubierta en invierno. Se hizo además un sótano para alojar almacenes y otros usos menores.

Los grandes portones que se abrían y cerraban hacían que la caja fuese a veces opaca y a veces transparente, ofreciendo un interesante contrapunto en ese paisaje. El mecanismo, el edificio, dicen, no funcionó. O no se empeñaron. El cubo ha estado cerrado muchos años. Ahora, con la disposición de unas ayudas públicas, han decidido que para mantener los usos deseados lo mejor es tirar (37.000€) un edificio (500.000€) y construir otro (???.???€).

Luis Tena, coautor del edificio, propuso la mejora y la adaptación del edificio existente, a través de diversas operaciones: se aligera la infraestructura, se retiran elementos susceptibles de generar patologías, garantizando los usos que se exigen. Una intervención sostenible que no fue aceptada:

Vale más el ‘se tira’. Vale más el ‘se vuelve a hacer’.

El concejal de turno tiene sus preferencias: dice en los medios, prefiere un quiosco ‘como el de Zarautz o como el del Retiro’. Hace daño que se propongan ejemplos de lo que se pretende, como modelos a copiar. Edificios a dedo. Como si hacer un edificio fuera elegir de un catálogo de Leroy Merlin.

Pero hace más daño comprobar cuál es el modelo de edificio que se sigue deseando aquí y allá. Como si la contemporaneidad (en arquitectura, no en otros ámbitos) fuera una plaga.

Quioscos en blanco y negro para el siglo XXI. Dónde va a parar.

Los diferentes grupos políticos arguyen que se hizo un proceso participativo y que por lo tanto existe una razón de peso para tomar la decisión que se ha tomado.

El pueblo quiere edificios clásicos para tiempos contemporáneos. Pero vehículos híbridos y teléfonos inteligentes. Y, entretanto, nadie en los poderes públicos considera que quizá en el proceso participativo deberían tenerse en cuenta decisiones previas. Como por ejemplo que los edificios de hoy en día habría que construirlos con las expresiones propias de hoy en día.

Por mucha petición popular que medie, por mucho que una mayoría quiera llenar los parque y jardines de elementos anacrónicos con tufillo decadente a ‘Fin de siècle’, es necesario que desde los poderes públicos, desde la administración, bien sea a través de sus técnicos u otros organismos, se explique por qué en el siglo XXI es conveniente hacer edificios del siglo XXI.

Menos mal que la gente no pidió cocodrilos para el Lago.

De igual manera, me pregunto que si de un proceso participativo sale que hay que hacer un quiosco retro-decimonónico para conciertos actuales, es probable que no se haya tenido en cuenta la opinión de los músicos o gestores culturales que se dedican a la música y a hacer conciertos.

Es una torpeza colectiva pretender edificios clásicos para tiempos contemporáneos. Esto no sucede con el vehículo. Ni con las comunicaciones o con la medicina.

Quien quiera volutas primero debería desplazarse en carreta y operarse sin anestesia.

Desconozco qué hay que hacer con el edificio y si al final lo demuelen, pues bueno. Pero aquí va una triple reflexión como resumen:

a) Por sostenibilidad económica y social, se debería estudiar rigurosamente si el edificio puede seguir siendo útil.

b) Un proceso participativo mal diseñado no garantiza buenas soluciones. Ojo con los cocodrilos.

c) Es inaceptable que en tiempos actuales se propongan edificios de tiempos pasados.

Quiosco viejo, quiosco nuevo

#BreviarioRonchamp52

Hoy dará fin la peregrinación que iniciamos hace un año a lo largo de los 52 capítulos del Breviario de Ronchamp, una de las publicaciones fundamentales de este año 2018 que acaba.

Una crítica aproximativa o una investigación abierta, escrita por Josep Quetglas y editado por Ediciones Asimétricas sobre la capilla Notre Dame du Haut de Le Corbusier. Crítica aproximativa porque el objeto de la crítica (Ronchamp) es abarcado desde la multiplicidad de puntos de vista, teniendo en cuenta el lugar, el relato, el personaje, la iconología… Por lo tanto, un texto que se desarrolla desde la sugestión y desde el poder evocador de su arquitectura. Una crítica que, al contrario de las críticas dicotómicas tradicionales, es inclusiva, admite la interpretación y el error, construye nuevas ideas sobre lo que ya se conoce, enriqueciendo la obra. Un tipo de crítica que a mí me parece particularmente interesante porque añade nuevas capas de conocimiento a lo que ya se ha dicho con una cierta libertad poética y creativa.

También es investigación abierta porque se trata de un texto escrito a partir del profundo conocimiento que tiene Quetglas, sobre edificio y su arquitecto. Y que siendo una autoridad indiscutible prefiere apostar por un discurso abierto en vez de sentar cátedra.

Al final del libro, en ‘4 advertencias sobre el empleo de la palabra religión’ podríamos sacar alguna lección sobre cómo mirar la arquitectura, cómo hacer crítica de arquitectura, y cómo hacer investigación de arquitectura. Si la religión (entendida en el sentido más amplio) es rigor pero también es rito, así se ha escrito este libro, y así lo hemos aproximado a lo largo de 52 domingos. Pero la religión también es invento y creación, y así hemos obrado, también.

La burocracia académica está sumergida hasta el ahogamiento con su hambre artificial de publicación científica, con sus anecas, y sus más que indisimuladas prisas por hacer bulto, en donde a menudo queda patente la superficialidad del resultado. En este contexto, nunca se ha publicado tanto, se agradece este tipo de contrapuntos y de enfoques en relación con la investigación. Porque el Breviario es un extraordinario trabajo de investigación, innovador en su metodología y formato, pero riguroso en el respeto hacia el objeto investigado. Este tipo de publicaciones (crítica aproximativa e investigación abierta) pueden ayudar a marcar -o al menos insinuar- una necesaria alternativa en relación con el texto sobre la arquitectura.

En enero de 2018, al publicarse el Breviario, ese es su nombre, que consta de 52 capítulos para ser leídos con calma cada semana, una serie de amigos (algunos todavía no nos conocemos personalmente) decidimos por TW hacer comentarios cada semana, todos los domingos a las 17:00. Unos rezos por la arquitectura. Desde el #BreviarioRonchamp hasta el #BreviarioRonchamp52 (hoy a las 17:00) hemos llenado las RRSS de comentarios sobre Le Corbusier, la capilla de Ronchamp, una de las obras fundamentales del siglo XX, el propio Breviario. Con bromas y seriedad a partes iguales. Han transcurrido esas 52 semanas y el trabajo que hemos realizado ha sido arduo pero muy grato. Si hay que nombrar un coordinador o un actor principal, ese es Eduardo Almalé, quien ha dedicado todos los esfuerzos posibles a los preparatorios, puntual cada domingo.

Desde aquí mi gratitud, entiendo que la de todos nosotros: gracias Eduardo. Pep Quetglas iba siendo informado de los comentarios que se iban haciendo. Y en el transcurso de las últimas semanas nos ha enviado postales originales, de época, de la capilla de Ronchamp. Todo un lujo que al menos en mi caso está pasando las navidades en la tienda de enmarcaciones.
En resumen: un libro fundamental, editado por gente estupenda (gracias, Juan García, gracias María Fernández). Y por supuesto, ha sido un placer compartir estas andanzas con el resto de compañeros, que no son pocos. Tan buen sabor de boca nos ha dejado esto que es probable que el 2019 caiga una ‘peregrinación’ a Ronchamp como culminación de esta aventura.

Somos unos #arquifrikis.

#BreviarioRonchamp52

2018: balance del año.

Como el año anterior, el recorrido’18 ha sido muy positivo.

Paso de puntillas a comentar cómo ha ido el negocio porque estamos muy contentos y eso es lo que cuenta. El número de ‘carpetas’ ha sido menor que en años anteriores pero vamos teniendo trabajos de una envergadura algo (aaaalgo) mayor, lo cual deja tiempo para hacer las cosas con la dedicación que merece. El fundamento de lo que hacemos son las reformas de viviendas y el ‘papeleo’. Cada vez vamos teniendo un margen mayor para atender a clientes particularmente interesados en los servicios que puede prestar un arquitecto, más allá del que viene porque necesita que alguien le firme un papel. En todo caso, y siempre lo comentamos, el arquitecto puede prestar un valor añadido a esa mínima exigencia para que el proceso de una obra, muchas veces largo y complejo, pueda llevarse a cabo y sea vivido como una experiencia positiva o al menos no desastrosa.

En las últimas semanas hemos finalizado 2-3 obras con resultados muy agradables. Nos falta poner un poco de orden en nuestro trabajo porque una cosa que solemos dejar de lado es rematar la faena con un buen reportaje fotográfico. Nos da pereza y… pudor. No deja de ser el retrato final de una parte de la intimidad de las personas, una especie de invasión a una determinada forma de vivir, un arqui-paparazzismo que resulta ciertamente incómodo. Además de que es una gestión que a mí al menos me da una auténtica pereza.

Por hacer un repaso a proyectos que nos han parecido particularmente interesantes: tuve la suerte de elaborar, junto con ERDU, el estudio socio-urbanístico del barrio en el que trabajo. También han finalizado recientemente las obras de la cercana plaza de los Molinos, realizada por los técnicos del ayuntamiento pero que partió de un proceso participativo en el que colaboré con los planos iniciales y que se han mantenido en el proceso, lo cual a uno le deja bastante feliz.

También hemos sufrido una pequeña gran transformación en nuestra marca: Arquitectura Minorista de repente pasó a ser lo que es ahora (para bien o para mal, aunque personalmente nombre antiguo me crujía en los oídos desde el primer día). De la mano de esta decisión, una futura obra de ampliación de la oficina que llevaremos a cabo cuando tenga ganas (dinero) y tiempo (dinero) para dejar la oficina en condiciones definitivas, habida cuenta de que mi espacio de trabajo son en la actualidad 18 metros cuadrados.

Además del día a día laboral este año hemos vivido experiencias muy interesantes. He desvirtualizado a muchos compañeros de las redes sociales, fundamentalmente de la vecina Twitter. Si una red social tiene el poder de trasladar las relaciones de lo virtual a lo real, ahí va mi aplauso. Porque de ahí salen amistades y vivencias muy enriquecedoras.

Por otro lado, estoy ilusionado con pequeño proyecto personal, que es el de intentar sacar un libro sobre la casa Fernando Gómez en Durana, del arquitecto Sáenz de Oíza. La cosa va lentísima porque el poco tiempo que tengo para seguir adelante van saliendo pequeñas novedades que me entretienen en este camino editorial.

Como última novedad, ando dando el tostón como vocal de cultura en la delegación de Álava del colegio de arquitectos. Hemos montado alguna pequeña exposición, algunas charlas, mesas redondas y otra serie de acciones que han tenido muy buena acogida. Estamos empecinados en lo que consideramos algo fundamental: por un lado estrechar la relación entre los arquitectos y la ciudadanía (si es a través de la puesta en valor de la arquitectura moderna y contemporánea mejor que mejor); y por el otro, aunar esfuerzo e intereses entre los arquitectos y la administración, porque no somos ‘perros verdes’. De aquí mi agradecimiento a la junta, formada por compañeros con una disposición al trabajo y a la iniciativa inmejorable.

Como bien sabe el que me conoce, parte de mi actividad es el dibujo, que este año ha sido constante, casi diario. Si bien por lo general dibujo de forma dispersa, con temática, formato y técnicas ligeramente diferentes, en el último tramo de este año vi ¡oh! la luz con una serie de ilustracioncillas que, convenientemente relatadas, pretenden adquirir forma de librito: esta es mi primera promesa de cara al próximo 2019: quiero dar vida al hombre del sombrero de copa y no cejaré en este empeño :).

Como cada año… estamos contentos con el trabajo y orgullosos del sitio donde trabajamos.

Gracias 2018. Feliz año 2019.

2018: balance del año.

¡ Cambios !

¡Cambios!

Me complace anunciar que hemos procedido a hacer algunos cambios, como se puede apreciar. Decimos adiós a ‘Arquitectura Minorista – servicios de arquitectura al por menor’… porque vamos creciendo poco a poco.

Proyecto de ampliación de oficina. Haz clic para ampliar.

 

Cuando abrimos la oficina a pie de calle lo hicimos con una propuesta enfocada a garantizar encargos y a tener ingresos. Asumiendo que en esos momentos tenían que ser de pequeña escala. Costó tiempo y trabajo desarrollar el concepto. Desde la imagen, la idea de la página web, a la oficina, el escaparate, el nombre y todo lo demás. En vez de oficina opaca, vestir de negro y mini-chapita en la entrada, todo lo contrario: transparencia y accesibilidad con una imagen amable. Era imprescindible estar a mano.

Salvo el nombre -lo asumo, no se comprendía bien, y aun y todo, ¡adelante con todo!- el resto funcionó desde el primer momento. El día de la apertura facturamos. Lo reseño por su valor simbólico. Aunque el primer año fue muy diferente a cómo estamos acostumbrados a trabajar… porque no había trabajo . Nos tocó hacer cosas ‘raras’ como buzonear o montar muebles. Pero la gente ha ido entrando poco a poco. Y tras 4 años los encargos han ido ganando en peso. Poquito, eso sí. Pero lo suficiente como para plantearme un cambio, que es en el que estamos .

Respecto a la ampliación de la oficina… tardaremos. Es una apuesta a medio plazo porque en la mitad de espacio estoy cómodo y todavía no hace falta más. Explicaremos la transformación desde el exterior: ¡en breve los alzados se convertirán en un grafiti a escala 1:1!

Respecto a la denominación, era imprescindible si queríamos asumir retos algo mayores. Los últimos años de trabajo se los debo a mi antiguo nombre, Arquitectura Minorista, y a su concepto, ‘arquitectura al por menor’. Y esto bien merece ese breve (auto)agradecimiento.

Agur, Arquitectura Minorista, ¡Hola, Ekain Arquitectura!

¡ Cambios !

2017: balance del año.

 

Este es el año III desde comenzamos la andadura con este nuevo formato de negocio.

Como el año anterior, la experiencia ha sido fantástica y el balance es positivo. Más expedientes que el año anterior, clientes majísimos, y el tamaño medio de los encargos unos metros cuadrados mayor (o unas cuantos folios más, si se trata de informes).

Hemos cumplido con las expectativas económicas en cuanto a gastos, sueldo e inversiones, lo cual es bueno. No trabajamos por amor al arte y la pela cuenta, aunque esté mal decirlo.

Referente a las experiencias, que es lo que cuenta:

Por la oficina han pasado propuestas muy atractivas. Algunas se han quedado por el camino (¡aaah!) pero un número de ellas las hemos podido acometer. Como nuevos trabajos estamos metidos de lleno en la reforma integral de dos viviendas con las que estamos disfrutando mucho (y sospechamos que la propiedad también). Estamos arrancando con varios proyectos similares y confiamos en que alguna idea que hemos lanzado en los últimos tiempos tomará forma en el 2018.

Tuvimos la suerte de ganar un concurso de planeamiento, lo que nos mantendrá algo ocupados parte de los meses del próximo año.

Al contrario de lo que pensábamos, hemos realizado pocas ITE’s. Apostamos seriamente por realizar los trabajos con tiempo y tratando al edificio y su vecindario con mucho mimo. Sabemos que esto implica un precio que no puede competir con el mercado en aquellas comunidades que creen que una ITE es un papel. Aún y todo lo asumimos y pensamos que es una apuesta que a medio plazo beneficia a todas las partes: a la propia empresa, al colectivo de arquitectos y –lo más importante- a las comunidades de propietarios que apuestan por esa vía.

Este también ha sido el año en el que hemos conocido al peor-cliente-de-todos-los-tiempos y al casi-mejor-cliente-en-mucho-tiempo. Personas que te marcan exactamente y con poca educación cómo trabajar, y con los que finalmente la solución es cerrar la puerta y archivar; y todo lo contrario: personas que depositan su confianza ciegamente para llevar a cabo inversiones que en algunos casos son realmente importantes.

Sigue habiendo un número importante de personas que entran a nuestra oficina por imperativo: la administración les exige tal o cual documento que ha de pasar necesariamente por la firma que garantice unos mínimos. Y a veces es difícil establecer una conexión en donde se pueda apreciar que el trabajo de un técnico puede dar solución a problemas complejos más allá de nuestra participación como meros burócratas, si se nos da pie para ampliar el margen de actuación.

Pero, al menos en nuestro caso y quizá sea una novedad en nuestro año III, hemos notado un aumento significativo de gente que viene recomendada por personas que ya nos han conocido anteriormente. La mayor garantía de un arquitecto es su trabajo y el trato con los agentes con los que trabaja habitualmente (no sólo clientes): cada uno de los gremios, administración, contratistas y comunidades de propietarios.

Paralelamente a nuestra actividad, hemos podido disfrutar de otras experiencias muy gratas, aunque este año menos de lo que nos hubiera gustado:

Hemos finalizado las ilustraciones para la (audio)guía de París. Un trabajo largo en el tiempo pero no muy arduo y totalmente gratificante.

Además, pintamos y dibujamos más que nunca, practicando un ocio tan vinculado a nuestra profesión. Algunos nos instan a abrir tienda online (OMG, veremos). En el ámbito laboral el hecho de dibujar facilita la labor representativa ya que hemos pasado de hacer renders lentos a bocetos rápidos, lo que muchas veces agiliza el desarrollo del proyecto en aquellos momentos en los que es importante comunicar ideas de forma rápida.

Puntualmente, hemos tenido la suerte de impartir docencia a profesorado de bachiller. Lo cual conecta estupendamente con nuestras ganas de enseñar y divulgar. En este sentido, seguimos dedicándole tiempo a la divulgación de la arquitectura moderna y de la cultura arquitectónica en general, en la medida en la que podemos, bien a través de la vecina Twitter bien a través del blog (muy abandonado). Y en este sentido hemos arrancado con un par de proyectos muy interesantes que esperemos podrán ser anunciados en los próximos meses.

Como cada año… estamos contentos con el trabajo y orgullosos del sitio donde trabajamos.

Gracias 2017. Feliz año 2018.

2017: balance del año.

La caja (el cubo, si se quiere)

La caja (el cubo, si se quiere), es un objeto fácilmente adaptable. Bien conocido el elemento, y comprendiendo los mecanismos que posibilitan su cambio, la caja sabrá implantarse al terreno y acogerá con comprensión al morador.

Siglo tras siglo y desde hace milenios, partiendo de una impureza terrenal e innata y haciendo de cada cambio tradición, la caja ha ido enriqueciendo los diferentes territorios en los que se ha asentado, haciendo posible la riqueza del contexto diverso.

La caja (el cubo, si se quiere) es la conjunción de planos análogos a través del ángulo recto. Con ligeras variaciones y humanas imperfecciones. Lo horizontal y lo vertical se dan la mano. De la suma de sus semejantes, surge una amalgama cohesionada mediante una rica articulación. Una sociedad. Su geometría se rige por muy contadas premisas y por lo demás es permisiva: su adaptación al medio, de entre todas las figuras, no conoce oponente.

La caja podrá ser alterada hasta límites insospechados: el tiempo la convertirá en ruina, las modas intentarán trastocarla, y culturas incompatibles la disfrazarán hasta travestirla con ropajes extraños. Pero la caja seguirá manteniendo su posición.

Hablaron de la caja (el cubo, si se quiere) Juan de Herrera y Ramon Llull, ¡el cubo está en todas las cosas!; Salvador Dalí interpretó el universo cúbico con todas sus permutaciones…; Rafael Moneo ha sabido conjugar diversas cajas (y cajas diversas), en todas sus variantes morfológicas y escalares; Oteiza extrajo de la caja toda su sabiduría, primero habitando sus muros y luego desocupando sus espacios hasta llegar a una esencia metafísica…

Si se respetan las leyes que rigen su constitución, los ritmos que la trastocan, las manipulaciones que su geometría puede asumir, las injerencias que la enriquecen, seguirá siendo la caja. Aquí y allá, cajas iguales pero diferentes.

Seguirá conservando su identidad aún habiendo asumido innumerables cambios. Podrá ser nombrada de mil maneras diferentes, una misma caja. Porque la caja contiene una identidad pero múltiples nociones de la misma. Es una caja plurinocional.

La caja (el cubo, si se quiere)

Alerta: La Casa Durana de Sáenz de Oíza, en peligro

‘la casa, como la rosa, es un ser entreabierto’

Desde hace unos meses se ha puesto a la venta la vivienda que Francisco Javier Sáenz de Oíza proyectó para Fernando Gómez en Durana (Álava) en 1959. Esta obra es sin lugar a dudas el ejemplo más importante de la vanguardia doméstica de la década de los 50-60 en el País Vasco. Una arquitectura que sugiere un giro en los planteamientos de Oíza al tantear fórmulas críticas con el racionalismo ortodoxo para -sumando- incorporar lo orgánico como pauta proyectual.

Hay un momento en el que recuperar la mirada hacia tradición para incorporarla a la modernidad era la única vía de salvación de esta. Un camino que se separa del puro funcionalismo y recupera la atención sobre el valor simbólico y el poder evocador de la arquitectura.

Oíza se cuenta entre los pioneros de ese cambio de tercio. Y esta casa es un claro testigo.

La vivienda Fernando Gómez es un elogio del paraíso. Un paraíso invertido construido con muros sólidos pero que, al contrario que el hortus conclusus de la casa patio de otras latitudes, es la casa la que se dispone dentro del Jardín. Y son los muros abiertos y disonantes los que dejan pasar al interior el paisaje circundante, que es un bosque ricamente construido. De espinos, de árboles de hoja caduca, de pequeñas terrazas, plataformas y discretas construcciones auxiliares que se adosan a los límites adoptando su forma.

Una vivienda que es una estructura elemental -una cubierta el origen de la arquitectura- pero que da lugar a una solución compleja… un ente complejo con una forma muy elemental. Una casa cerrada desde fuera pero abierta desde dentro’. Así planteaba el arquitecto que debería ser la arquitectura, considerando estas contradicciones (¡y tantas otras!) no como impostura o falta de la verdad sino como salida inclusiva a la crisis de la modernidad.

La casa Fernando Gómez está claramente inspirada en la arquitectura de Frank Lloyd Wright, algunas de cuyas obras pudo conocer en el viaje que realiza unos años atrás, al poco de finalizar la carrera. La casa Palmer en Michigan o la casa Randall en California -posteriores al viaje- guardan muchas similitudes con la casa Fernando Gómez: una planta que se desarrolla a partir de la chimenea, el elemento vertical y central imprescindible; el uso de amplias cubiertas inclinadas que se extienden más allá de los límites de la casa, como si esta fuera un tenderete primigenio; la no ortogonalidad en la organización de los espacios, compartimentados por muros libres que concatenan las estancias y anuncian la secuencia…, o una utilización de materiales que hacen clara referencia a la tierra, entendiendo que el hombre es ocupante del mundo y comprendiendo su destino en la tierra y su paso por la tierra’, como diría Oíza. Es emocionante saber que la casa Paul Olfelt (1958-60) de Frank Lloyd Wright, con tantas semejanzas con la que nos ocupa, se proyectó y construyó en los mismos años.

El hecho es que la casa Fernando Gómez lleva a la venta desde hace unos cuantos meses y los que conocemos de esta realidad y apreciamos los valores de esta obra tememos por el futuro de la misma. La vivienda está en el término municipal de Arratzua-Ubarrundia, un municipio pequeño localizado cerca de Vitoria-Gasteiz en la carretera a Bergara. No consta que el edificio esté catalogado y mucho menos aparece en el inventario de Bienes de Interés Cultural de la provincia de Álava, en donde el listado lo completan obras consideradas como históricas, muy anteriores en todo caso a toda contemporaneidad más o menos reciente.

Desde el punto de vista burocrático, es probable que el Ayuntamiento de Arratzua-Ubarrundia, consignatario público y directo de la protección del edificio, no tenga medios técnicos y humanos para proceder a agilizar el expediente de protección. Desconozco, este es otro asunto, si comparte el criterio. O si tiene voluntad e interés. Son malos tiempos para el patrimonio construido contemporáneo. Lo que sí es cierto es que la vivienda se venderá, ojalá a un buen comprador, pero que esto es una carrera. El anuncio se puede ver en Idealista, referencia 36722440. No es una vivienda para comprar y demoler, porque en el entorno existe cierta oferta de parcelas a un precio más competitivo. Por lo tanto sería una insensatez. Económicamente absurdo. Es una vivienda ‘asequible’ para quien sepa apreciarla y no necesite reformarla pero tiene un precio fuera de mercado para realizar cualquier operación contraria a su conservación. Las referencias inmobiliarias a viviendas unifamiliares más fácilmente asimilables por el comprador tipo de un gusto menos comprometido, son numerosas. Quizá salve a esta vivienda de posteriores intervenciones un cierto tipo de selección natural en cuanto al perfil del comprador. Deseamos que alguien dotado de cierta sensibilidad o amor por la cultura construida sea el que la compre. Alguien que comprenda que la vivienda, sus espacios, su distribución y su estado de conservación son en su conjunto un regalo para la vida.

Por último, por su configuración orgánica y su particular distribución, la casa Fernando Gómez es una pieza ‘inreformable’, valga la expresión. Y está muy bien conservada y mantenida. Esos dos factores juegan a su favor.

Deseamos que quien se interese en la compra de la vivienda la observe con ojos comprensivos y que sea consciente del valor añadido del inmueble y del prestigio de la obra arquitectónica. Sabemos que la propiedad actual, descendientes del cliente que encargó la casa al arquitecto, y que ha sido exquisitamente cuidadosa con la conservación de la vivienda, es la mayor interesada en que la operación de compraventa vaya acompañada de la transmisión convenientemente de este legado.

Pero preocupa que el comprador no sea atento a la vivienda. Y que ésta pueda alterarse en lo sustancial. Tirar o modificar cualquiera de los muros radiales; rasgar los ventanales o desfigurar sus huecos; distorsionar el sabor de esos materiales y acabados, o trastocar los detalles constructivos de barandas, chimeneas o remates… es despreciar los valores de esta casa.

Por lo tanto, estamos ante una vivienda excelentemente bien conservada pero extraordinariamente delicada, sin ninguna protección, a la venta, y en un término municipal cuyo tamaño administrativo quizá no permita agilidad en las maniobras que se necesitan para su salvaguarda, máxime en casos de patrimonio reciente.

Hay una serie de administraciones o entidades que pueden coordinarse y dedicar un tiempo para gestionar la protección de uno de los pocos ejemplos de vivienda unifamiliar del País Vasco a caballo entre la tradición del caserío y la vivienda moderna. Por cercanía, el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, que dispone de técnicos con buen criterio y que pueden ayudar puntualmente en esta importantísima pero por otro lado lenta gestión; la Diputación Foral de Álava a través de su Servicio de Patrimonio; Eusko Jaurlaritza – Gobierno Vasco a través de su Centro de Patrimonio Cultural; la Asociación Cultural Centro Vasco de Arquitectura Accva, perteneciente al ICAM y dependiente de la Universidad del País Vasco; o incluso el Centro IPCE. Instituto del Patrimonio Cultural de España, dependiente del Ministerio de Cultura; otros entes relacionados con la cultura que podrían tan siquiera sumarse a la iniciativa de protección del edificio, como la Fundación Sancho el Sabio Fundazioa, que es un centro de documentación sobre la cultura vasca dependiente de la Fundacion Vital Kutxa; el impulso de otras instituciones relacionadas con la cultura como el ARTIUM, Centro Museo Vasco de Arte Contemporáneo, o fundaciones similares que velan por la protección del patrimonio construido contemporáneo como el DOCOMOMO Ibérico. Es importante que estas agrupaciones permanezcan alerta.

No se nos puede olvidar el ámbito de influencia de los Colegios de Arquitectos: por supuesto el Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España y, en nuestro ámbito, el Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro; más en concreto, el requerimiento de una posicionamiento urgente a la Delegación en Álava del Colegio; puede ser interesante incluso solicitar la atención y colaboración del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, dada la reciente experiencia de la Casa Vallet de Goytisolo de Juan Antonio Coderch, de futuro todavía incierto, pero en la que actuaron con acierto y rapidez al informar a las administraciones local y autonómica del expediente de demolición y paralizar o al menos demorar (¡ay…!) su ruina, constatando que ‘entre varios’ se pueden evitar desastres como los que en fechas recientes hemos conocido: 

Son más los ejemplos recientes de descuido hacia el patrimonio construido reciente. Hace pocos meses fue la Casa Guzmán de Alejandro de la Sota, demolida y suplantada por un insensato féretro de granito. Pero aquí en el País Vasco, no lo olvidemos, en el 2008, la Villa Sobrino de Javier Carvajal, otra fantástica mezcla de caserío y vivienda rabiosamente contemporánea.

En el caso de la Villa Sobrino se alertó tarde, el día posterior a su demolición y se sugirió (igual de tarde) lo apropiado que sería emplazar en el edificio una sede relacionada con la cultura.

Hoy repetimos la sugerencia, que agradaría a todas las partes: una sede destinada al desarrollo de algunos servicios del Colegio de Arquitectos, o bien destinado a un centro de interpretación de la arquitectura contemporánea. Un lugar en el que se ponga en valor, va siendo hora, la producción arquitectónica contemporánea y que hace ya unos años el Gobierno Vasco defendió. U otra institución no necesariamente vinculada a la cultura o a la arquitectura, pero que quiera transmitir el aprecio por este tipo de obras. Puede servir esta misma sugerencia para la Casa Huarte de Pamplona, a la venta desde hace ya algunos años.

En las proximidades de la capital de Euskadi, de una ciudad que muchas veces ha sufrido un complejo equivocado de provincianismo periférico y nada favorecedor para su desarrollo cultural, tenemos la oportunidad de participar en la salvaguarda de un icono de la modernidad, obra genuina de un arquitecto indiscutible.

No queramos que sea otro paseante anónimo el que alerte, el día del desastre, y ya demasiado tarde, siempre es tarde, de que la casa Fernando Gómez ha sido desfigurada por un propietario apático.

Oíza fue una torre orgánica, y otra torre técnica en Madrid, una sima misteriosa en Oñati, una ciudad de cajas superpuestas en Alcudia, un cofre hermético para Oteiza en Alzuza, y puede seguir siendo una cubierta para celebrar la vida en Vitoria-Gasteiz.

Ekain Jiménez, junio de 2017

Alerta: La Casa Durana de Sáenz de Oíza, en peligro